Libres los sueños.

  

Hace unos días soñé que volaba, 

y cuando fui consciente de lo que estaba haciendo

(no la acción del vuelo, sino la acción del sueño), 

decidí pasar inadvertido el sobresalto

que produce el volar tan alto, 

cerrar los ojos, respirar hondo,

y continuar soñando.

Nosotros los muertos.

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Muertos nosotros que callamos, que andamos como sin sentimientos, que la sangre no nos hierve y no reaccionamos ante el sufrimiento.
Muertos por fuera y por dentro, ya no vemos, no decimos, no escuchamos, no temblamos, sólo tememos que la vida en un momento nos aniquile por completo.
Muertos bien muertos, como nos quisieron de hace tiempo, ignorando realidades, distantes de nuestros semejantes, evitando confrontar a quienes justicia prometieron.

Hay tumbas por todos lados, con nuestros nombres ya escritos; no comprendemos que el silencio nos mató de hace unos años y la condena es vivir la muerte de aquellos que en la lucha perdimos.

Entre el espacio de un “Te quiero”

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Ella expresó todo el amor que sentía

y después, no volvió a pronunciar

una sola palabra.
El inquebrantable silencio

ahogó cada suspiro

y aminoró el ritmo de sus latidos.

-Estoy muriendo, yo lo sé-,

pensaba ella para sí, mientras dejaba ocurrir la vida

a cada paso que daba. -Estoy muriendo por dentro;

lo dice el frío de mi cuerpo que es interno,

y la falta de sus besos.

No estaba equivocada.

Su cuerpo andaba

pero ella estaba ya sin vida.

La ausencia del calor en su cuerpo

era sólo uno de los síntomas,

sus lágrimas brotaban, incontrolables,

secándola por dentro,

sus ojos viajaban perdidos de un lugar a otro

como quien no reconoce su entorno

y su rostro había dejado de expresar emoción alguna.

Estaba muriendo entre desaires y deseos,

entre ausencia y recuerdos,

entre lo blanco y lo negro;

entre el espacio de un “te quiero”.

 

Rompimiento. Fase I.

Otra vez hablé con él, no pude evitarlo, se siente raro. Los dos sabemos que aquel delgado hilo que nos unió, ahora son débiles hebras a punto de separarse por completo; y ahí estábamos, los dos, tratando con cariño las palabras que decimos sin decirnos “te amo”, sin dejar escapar un “te extraño” o susurrar tiernamente un “perdón”.

Creo que llegué al punto que creí imposible, ese donde dicen, las palabras no son suficientes. Mi costumbre por escribirlo todo, discutir, debatir y todo aquello donde gobierna la palabra no imaginó que hubiera un día en el que no encontrara una sola que le explicase que me duele tanto, muy, muy dentro, que hayamos dejado que se nos escapara del cuerpo todos los besos, el amor y el deseo. Entonces. hablamos de cualquier otra cosa, el clima, por ejemplo, le cuento que hace mucho calor por no decir que extraño su cuerpo o, que hace frío como un reproche de que no está conmigo.

Finalmente, como evitamos decir lo que en verdad queremos, nos despedimos rápido, con prisa para no dejar escapar el suspiro contenido donde se ahogan los sentimientos no expresados. “Cuídate”, una manera sutil de decir adiós sin pronunciarlo porque duele, pero ya no lo podemos evadir.

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