Libres los sueños.

  

Hace unos días soñé que volaba, 

y cuando fui consciente de lo que estaba haciendo

(no la acción del vuelo, sino la acción del sueño), 

decidí pasar inadvertido el sobresalto

que produce el volar tan alto, 

cerrar los ojos, respirar hondo,

y continuar soñando.

Yo elijo la locura.

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Entre la conciencia y la demencia, yo elijo la locura. La razón es más que clara: no hay razón.

Elijo enloquecer y perder el control de mis sentidos; estar de pie cuando todos descansen y correr cuando el mundo se haya detenido. La prefiero ante la conducta de una sociedad indispuesta a la movilización, decido creer en el pensamiento sin barreras por encima de la estática de lo limitado.

Escojo perderme entre los mares de palabras y figuras, sonidos, aromas y también estructuras, para romperlas y reconstruirlas a mi antojo, dudar de todo, hasta de lo que digo y entonces; quebrar de nuevo mi ser para comenzar una vez más a fabricar de lo que estoy hecho.

Me arriesgo a conocer todos los caminos del universo, soltarme a la vida como quien se sabe muerto, y abrazar la muerte para reconocer lo eterno.

Música para volar, y volver.

Sol, aire, mar, arena.

Cuerpos húmedos y salados, recostados sobre una sábana de mil colores, bebidas que aligeraban los sentidos, rayos que iluminaban en dorado el paisaje alrededor.
Tanta gente y todo es tan privado; la tranquilidad que se observaba invadió mi interior y me dejé ir mientras escuchaba la poesía de “música para volar”.

Cerré mis ojos y, en mis pensamientos, veía exactamente ese mismo momento. Fue mágico, sencillo, perfecto.