#RM.1

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Domingo, 8 de la mañana, sonaba el timbre de la entrada de Calzada de Tlalpan de los departamentos donde viví durante mi infancia.

Mi hermana y yo nos levantábamos de un brinco de nuestras camas y salíamos en pijama de casa. Bajábamos a toda velocidad -saltando de dos en dos los escalones, tomando algún barrote de las escaleras para hacer la hazaña de un brinco espectacular- para llegar antes que la otra a la puerta donde, encontraríamos a un hombre con rostro futurista, muy parecido al de casco de motocicleta, mismo que nos entregaría un paquete color negro. Quien llegara primero hasta él recibía de sus manos dicho paquete y aquél hombre se marchaba sin pronunciar palabra alguna -supongo que porque su lenguaje era totalmente desconocido-. Entonces regresábamos a casa, igual con prisa, subiendo a brincos las escaleras. Una vez ahí, quien recibió aquel envoltorio color negro se lo entregaría en las manos a mi padre, quien en ese momento se encontraba ya sentado en la sala gris, bebiendo café, mientras mi madre estaba en la cocina preparando el desayuno.

Mi padre entonces abriría cuidadosamente aquel envío y una vez que lo hacía sacaba de éste una revista con letras que me parecían conectadas entre sí, mismas que me han permitido identificar hasta hoy en día al semanario: Proceso.

A mi la política -en esos tiempos- no me interesaba, lo que esperaba ansiosa, era el momento en que mi padre dejaría de revisar la revista y entonces yo, la tomaba de la mesa de centro y me dirigía hasta la última página, donde aparecía el cómic de ‘Boogie, el aceitoso’.

Así pasaban mis domingos, hasta que un día, Boogie no figuró en la página última de la revista Proceso. Supongo que fue entonces que comencé a prestarle atención al resto del contenido, leyendo artículos o reportajes, observando los cartones que ilustraban los textos, siendo de a poco consciente de que ‘El aceitoso’ no regresaría, que el ex-presidente Carlos Salinas dejaba ver sus orejotas, pero escondía la cola que dejaría expuesta su condición de rata, que el PRI no era sinónimo de nuestra bandera, pero utilizaba bien sus colores para que una mayoría -pobre de conciencia- lo identificara como la suya; y que la vida, la historia y sus protagonistas y antagonistas necesitan de narradores que escriban, escriban mucho, con las características de una buena crítica, de esa que se prepara desde oficinas de otra galaxia, donde un hombre con rostro futurista, muy parecido al casco de motocicleta, tocaría al timbre, un domingo a las 8 de la mañana.