Sueños. Parte l.

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¿Por qué mis sueños son tan claros y la realidad se empaña con un poco de lluvia?

No sé quien era, pero contesté con toda la franqueza con la que se le responde a un desconocido en un sueño.

Una gran habitación, amueblada en cada espacio, a detalle; cocina, sala, alfombra, cortinas, lámparas y hasta un gran pastor inglés adornándola. Ahí dentro, en el sueño, sentía la misma sensación en mi pecho que soltó mi llanto momentos antes de quedarme dormida, antes de ingresar a mi inconsciente y encontrar respuestas que yo misma formulaba, respuestas a preguntas que quizá evito al escucharlas en voz alta cuando mantengo mis ojos abiertos, pero no quieren ver nada.

Estoy sentada en un banco frente a una barra blanca, parece que he estado antes ahí, pero ahora no soy bienvenida. Alguien (cuyo nombre mantendré en el anonimato por respeto a esta historia), con quien minutos antes platicaba se acaba de marchar y me ha dejado ahí sola.

Momentos después se abre la puerta, pero un gran pilar en medio de la habitación me impide ver quién se encuentra ahora conmigo.

Enseguida aparece un desconocido acompañado por el pastor inglés que antes mencionaba, sabe que estoy ahí, pero parece pasar de mi, como si fuera un objeto que ha estado ahí sentado, esperando, por mucho tiempo. De repente, aparece ella, una mujer delgada, de tez clara, cabello castaño y aproximadamente de mi estatura que, me regala una sonrisa y se sienta a mi lado. Y entonces me pregunta:

¿Cuánto dura?

– Eso no importa- respondo yo mirando mis manos sobre mis piernas -Se acaba.

Ella, extrañada y algo desilusionada me dice:

-No me digas eso, no ahora.

Pienso un poco lo que acabo de pronunciar, “se acaba”, y entiendo todo; entiendo que algo inició y terminó, entiendo que estoy en un lugar al que ya no pertenezco, entiendo la inútil espera, entiendo la indiferencia, entiendo la tristeza.
Una vez más me dirijo a ella -Pero no siempre será igual.

Ella sonríe.

Se revuelve la habitación, se mezcla todo dentro y fuera. Desperté confundida.

Ahora sólo queda continuar engañándome todos los días al despertar o hacer caso a mis sueños.

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Tú, culpable. Yo, inocente.

Qué distinto sería que cada uno de nosotros tomara la parte responsiva de sus acciones, aceptar que las cosas no son como uno espera porque, en un punto, consciente o inconscientemente algo hicimos mal; ¿Por qué es tan difícil aceptar que no somos perfectos y por tanto, aceptar nuestros defectos?

Podría contar una, otra, y otra historia que muestre claramente lo anterior, pero estoy segura que todos tienen la suya, con sus diferentes versiones, claro esta. ¿Cómo dices?, ¿Que tú siempre aceptas tus errores?, ¿Que no te has equivocado? Si, bueno… por más que lo creas cierto, no lo es.
Todos nos contamos nuestra propia historia, nos apropiamos de ella como si fuera la verdad verdadera, cuando a solas sabemos que en realidad no ha sido así, pero nos hace sentir menos… ¡si!, culpables.

La falta de responsabilidad en nuestro actuar con nosotros mismos y con los demás nos lleva una y otra vez a justificarnos, a buscar los argumentos que hagan válida nuestra versión ante los otros, aunque existan momentos en los que develamos un grado (pequeño, mediano, pero nunca grande) de culpa ante tal o cual situación.

No creo que sea un problema que aqueje sólo a cierto tipo de sociedad, más bien, siento que en todos los círculos sociales nos han enseñado a delegar responsabilidades a terceros. Algunos lo matizarán, otros los señalarán cínicamente, como si ellos fueran los grandes jueces del universo que llegaron puros a la Tierra a mostrarnos el camino del buen actuar; pero ni unos ni otros, todos a solas no podemos callar la voz interna que nos murmura quedamente: Te equivocaste.

Entonces, si, todos somos culpables. Dejémonos de sentir mal, dejemos de ser las víctimas de todos, no lo somos. Poco a poco, aceptemos la parte que nos toca (y no más, tampoco somos mártires), y convezcámonos de una vez por todas que los errores y los daños formarán parte de nosotros hasta el último día que nuestros cuerpos transiten por las calles de la vida.