Caminando sin camino (entre: éste no soy yo y el quién seré)

twDe deseos no se vive, mucho menos de placeres. Cuando se agota el alcohol que antes llenaba tu copa, se ve en el rostro la tristeza simulada por la débil sonrisa que dibujas, cubriendo el vacío que has dejado entrever cada que se pronuncia “salud” en tu nombre.

Quizá ha sido sólo percepción, pero parece que te sabes cansado de tu vida. La repetición infinita de la gente y los lugares, de las bromas, de las risas, las parejas y canciones. ¿Hasta cuándo? Te preguntas y respondes con la huida, fin de una época.

Has sido por tanto ese que no eres ni tú mismo, te has perdido entre el tú y ese otro que cada quien hemos querido ver. Ya no serás más aquel que nunca fue  el mismo pero tampoco cambio.

Los finales, son el difícil comenzar de ese algo que se ignora, pero son también un alivio merecido. El equipaje se va haciendo ligero cuando se dejan personas en ese andar que no se quiere atravesar de nuevo, basta una última fiesta, un último trago y hasta luego.

La incansable búsqueda del camino que nos corresponde se vislumbra imprecisa y borrosa, pero de nada se ha tenido mayor certeza que cuando se sabe uno mismo otra persona.

Música para volar, y volver.

Sol, aire, mar, arena.

Cuerpos húmedos y salados, recostados sobre una sábana de mil colores, bebidas que aligeraban los sentidos, rayos que iluminaban en dorado el paisaje alrededor.
Tanta gente y todo es tan privado; la tranquilidad que se observaba invadió mi interior y me dejé ir mientras escuchaba la poesía de “música para volar”.

Cerré mis ojos y, en mis pensamientos, veía exactamente ese mismo momento. Fue mágico, sencillo, perfecto.