Vivas nos queremos.

Vivas nos queremos.

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En México, el luto nos ha vestido  todos los días.

Nos ha cubierto en tonos oscuros el cuerpo y el rostro, nos ha acercado al dolor ajeno, nos ha mostrado que la mujer, ahora más que en otros tiempos, necesita estar cercana a una igual, a muchas más; tomarnos de las manos, caminar por la ciudad exigiendo justicia, exigiendo libertad.

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#NiUnaMenos.

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Libres los sueños.

  

Hace unos días soñé que volaba, 

y cuando fui consciente de lo que estaba haciendo

(no la acción del vuelo, sino la acción del sueño), 

decidí pasar inadvertido el sobresalto

que produce el volar tan alto, 

cerrar los ojos, respirar hondo,

y continuar soñando.

Los últimos días…

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He vivido periodos de absoluta locura, incontrolables pero silenciosos. Hay batallas en mi cabeza que ni yo misma comprendo, luchan por gritar y expresarse, pero mi voz no es suficiente.

Lo he intentado todo ya y poco o nada ha funcionado; tomé de un vaso sorbos de luna cada noche para olvidar tus amores, me bañé con miel para endulzar amargas heridas y canté una canción sin letras para evitar que tu nombre apareciera.

Pero repito, poco o nada ha funcionado.

Entonces pienso en escribir, pero una idea salta a otra y de pronto a ti. No quiero continuar escribiendo. Abandono la pluma y mi cuaderno.

La música me parece un asunto triste o de falsa alegría, me hace pensar en los amores y desamores que devenían.

Poco o nada ha funcionado.

Pienso en el alcohol, pero caigo poco ahí, pues la resaca llegará y triste y sola en mi cama me desearé junto a ti. Fumar, por el contrario, me tranquiliza más; en veces te escapas un poco cuando exhalo el humo, como liberándote de mi, como liberándome de ti.

Los últimos días he vivido periodos de absoluta locura, incontrolables pero silenciosos. Hay batallas en mi cabeza que ni yo misma comprendo, luchan por gritar y expresarse, pero mi voz no es suficiente.

La sincera hipocresía femenina.

¿Por qué será que entre las mujeres nos odiamos tanto? Pienso en esto más seguido de lo que parece y viene a mi mente el recuerdo de aquella reunión sincera: “De mujeres para mujeres”; tendrá casi dos años de aquella pequeña fiesta en la que, en su mayoría y como su nombre lo indicaba, los asistentes éramos mujeres, ¿Cuál era el fin? Terminar (al menos en ese pequeño grupo), con el estigma que cargamos de señalarnos entre nosotras como las grandes culpables del gran problema entre nuestro género: el hombre.

Pláticas, risas y reflexión nos llevaron a una conclusión: La inseguridad  de una mujer se veía reflejada en la seguridad de la otra, proyectando en ella una serie de términos moralistas que provocaban la repulsión de la misma, sin pensar que, el problema radica en una misma y en el otro (el hombre, el problema en cuestión).

En mi vida he tenido que lidiar con las falsas amistades femeninas, cuestión que termina por quebrar por completo las relaciones que, al final, me llevan a mantener únicamente las más sinceras, y por una u otra razón encontrar en los hombres a mis mejores amigos, por lo que he tenido que lidiar con las novias de los mismos que no comprenden que puede existir pura y meramente una relación de amistad entre hombre y mujer, no lo conciben; por lo tanto, llueven los comentarios entre los que destacan: puta, zorra, perra, fácil, (etc., etc., etc), sin siquiera sentarse un poco a analizar la situación real; ¿Qué pasa en mi que me lleva a juzgarla a ella?, ¿Qué hay de mi y de mi pareja, confío en ella o dudo de nuestra estabilidad? y por último, ¿Qué es lo que realmente me lleva a estallar en acusaciones sin fundamento contra alguien del mismo género? Y lo anterior sólo es el primer nivel.

Existen otros casos en los que pareciera que las mujeres nos esforzamos por desprestigiar, insultar y agredir (directa o indirectamente) a otras mujeres por el simple hecho de haber sido en algún punto de la vida pasada o en el presente, un ser significante del hombre al que dedicamos nuestros suspiros. ¿Por qué juzgar y criticar?, pero principalmente ¿Por qué existen este tipo de enemistad dentro de nuestro género?

Y en el peor de los casos se encuentra la sincera hipocresía, el acuerdo social que lleva a una mujer a convivir con otra que es nulamente de su agrado por alguna razón incomprensible (o sea, un hombre); de pronto cruzan como fuego comentarios hostiles disfrazados de bromas dulces y sutiles que, podrían pasar desapercibidos por los presentes de no ser, claro, que sólo hacen obviar el enojo y la falsa amistad de una hacia la otra, y (en ocasiones) viceversa.

Inseguridad a diferentes escalas puede ser una respuesta, pero pensar en la raíz del problema que responde cada una de las preguntas anteriores me aterra: El machismo femenino; así es, asombroso ¿No?. Es la única definición que encuentro al respecto y no es un disparate mío, lamentablemente tal término existe.

Se trata pues, de mujeres que contienen, fomentan y reproducen comentarios, “valores” y una “moral” impuesta desde el machismo, donde se desaprueban diferentes conductas poco aceptables ante sus constantes y acusadoras miradas sentenciadoras.

Entonces ¿Dónde queda la hermandad femenina? Lamentablemente, se queda en los pequeños círculos conscientes de que eso de la liberación femenina es de unas cuantas décadas atrás y que hoy nos corresponde disfrutarla y ejercerla como un derecho; se encuentra entre las mujeres que comprendemos que no somos rivales sino compañeras dentro de la misma lucha y, por tanto, es necesario trabajar a la par para conseguir dejar atrás las cadenas que arrastra nuestro género en la sociedad machista. Concebirnos al fin como mujeres, entendernos antes que juzgarnos y reunirnos para celebrarlo.