Un fin a fin de mes.

   No le dije lo que mi corazón sentía, tan sólo mencioné lo que de mi alma desbordaba. No obtuve respuesta, como de costumbre, y fue precisamente la costumbre de sus silencios la que interpreté de cien maneras, todas ellas equívocas.Lo cierto es, que lo quise locamente, intensamente, pero él prefería la pasividad de sus días, sin sorpresas, sin arrebatos, sin desenfreno; mi amor le fue ajeno hasta ese momento en que le dije adiós. No comprendió palabra alguna, como tampoco entendió mis sentimientos.

Se quedó con su mundo, en su mundo, siempre de él. Yo, yo estoy bajo esta lluvia de lágrimas esperando que venga a mi la calma y después el sol.

Entre el espacio de un “Te quiero”

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Ella expresó todo el amor que sentía

y después, no volvió a pronunciar

una sola palabra.
El inquebrantable silencio

ahogó cada suspiro

y aminoró el ritmo de sus latidos.

-Estoy muriendo, yo lo sé-,

pensaba ella para sí, mientras dejaba ocurrir la vida

a cada paso que daba. -Estoy muriendo por dentro;

lo dice el frío de mi cuerpo que es interno,

y la falta de sus besos.

No estaba equivocada.

Su cuerpo andaba

pero ella estaba ya sin vida.

La ausencia del calor en su cuerpo

era sólo uno de los síntomas,

sus lágrimas brotaban, incontrolables,

secándola por dentro,

sus ojos viajaban perdidos de un lugar a otro

como quien no reconoce su entorno

y su rostro había dejado de expresar emoción alguna.

Estaba muriendo entre desaires y deseos,

entre ausencia y recuerdos,

entre lo blanco y lo negro;

entre el espacio de un “te quiero”.