Carta de despedida a René Avilés Fabila.

Difícil es, escribir a un amigo que se fue. Difícil, pero es la única manera con la que cuento para desahogar las palabras que se me anudan en mi garganta que sólo suelta gritos ahogados por su partida.

He visto la noticia anunciada en una red social; nada me ha parecido más inadecuado para usted.

Domingo. El desayuno lo he dejado suspendido al frente mío, bastaron leer las primeras palabras que anunciaban su deceso y mirar la fotografía donde aparece sonriente; pero mi sonrisa se esfumó.

-¿Ya no tienes hambre?- Me preguntaron.

-Mi profesor, mi asesor, murió- alcanzo a decir impulsivamente y al pronunciarlo, caigo en cuenta de lo que ha pasado.

Aguanto un minuto y me retiro de la mesa con la excusa de ir al sanitario, y para hacerlo necesito cruzar el restaurante entero con los ojos acumulando mis lágrimas. ¡Qué difícil es perderlo profesor!

Estoy en un pasillo, cerca de la entrada del restaurante, con los 32 grados centígrados que este clima desértico tiene incluso en otoño, pero yo siento frío.  Camino de un lado a otro, deseando estar en la ciudad mientras espero responda alguien a mi llamada. Mi madre contesta y me saluda animada, pero mi voz entrecortada le hace preguntarme qué ha pasado.

-René murió- logró decir entre llanto, negación y lágrimas.

Ella supo al instante de quién hablaba.

Esperaba ansiosa desde el comienzo de mi carrera el momento de cursar periodismo, había sido mi inquietud desde muy niña y quería que ese periodo valiera mucho la pena. Los grupos eran sorteados por quién sabe qué comité, pero en seguida saltó un nombre entre la lista de profesores: René Avilés Fabila.

Yo, ignorante, no conocía de él pero se corrió rápido el rumor de que era una institución del periodismo, un amante de las letras y un luchador por la cultura de éstas.

No fue mi suerte estar entre la lista de sus alumnos, pero sí fue una decisión pertenecer a ella. Busqué mi cambio entre las tan famosas permutas que se dan cada trimestre en la Universidad y, cuando la obtuve, me sentí afortunada sin saber aun lo que eso significaría en mi vida.

Recuerdo su presentación ante el grupo el primer día que nos platicó quien era él. Elegante al puro estilo de un dandy, encantador desde la mirada, sus gestos, sus ademanes y el modo tan suyo de sentarse frente a la clase. Tengo que admitirlo, me atraía, pero del modo más intenso en que puede atraerte una persona: la admiración.

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Ursula, mi amiga de la Universidad, solía escribir “René” en su libreta seguido de un corazón casi cada clase y me lo mostraba, suspirábamos del modo en que lo hacen los enamorados sin remedio, y es que cómo no hacerlo, si él embelesaba a cualquiera con sus palabras. Recuerdo también su excepcional estilo, desde el peinado sin lugar al accidente de un cabello fuera de sitio, sus camisas con estampados que irremediablemente llamaban la atención, pantalón de vestir a la talla y sus zapatos perfectamente lustrados.

Al terminar sus clases, uno se acercaba a él para esperar la sugerencia de algún libro o conocer su opinión sobre un acontecimiento reciente, una duda, un pretexto; salir del aula y caminar con él por los pasillos hasta el inevitable final del recorrido donde los caminos se separan. Ahora me parece una metáfora.

Pude faltar a muchas clases durante toda mi carrera, llegar tarde o incluso no realizar mis lecturas; sí, a muchas pero ninguna de usted.

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De su vida nos contó cómo y dónde creció, que resultó ser en la misma zona donde yo crecí y viví hasta hace unos años, cerca de la estación del metro Villa de Cortés. Su gusto por la escritura fue a temprana edad – otra similitud que compartimos-, y disfrutaba de amistades entrañables como la de José Agustín, de quien nos relataba alguna que otra anécdota compartida en sus aventuras y desventuras juveniles y adultas. También nos platicaba de su mujer, Rosario Casco, se confesaba de ella un enamorado y la reconocía como una mujer que lo respaldaba y apoyaba; recuerdo haber asistido a ceremonias en las que se le reconocía su trayectoria y siempre le agradecía a ella ser su compañía ¡Vaya caballero, de los que ya no habitan esta tierra!

Lo extraño.

Al terminar el curso de periodismo, le siguieron otros más que enfocaban mi atención y deberes, pero si veía a René atravesar los patios de la UAM o acercarse a los talleres de comunicación, podía dejar lo que estuviera haciendo para acercarme a él y saludarlo, cruzar palabras, y entonces el día había valido la pena.

Al llegar la recta final de mi carrera en Comunicación Social, no había duda en qué área deseaba hacerlo: Periodismo Cultural.

Para titularte en la UAM Xochimilco, debes desarrollar un tema de investigación en equipo, y la propuesta para el área de concentración de mi generación era sobre la obra de un autor.

Por fortuna y desatino, el proyecto final en mi equipo no daba resultados, así que decidí realizarlo sola, y en cuanto se me permitió tuve de inmediato una idea sobre quién hacerlo. Cuando expuse mi deseo de realizar mi tesis sobre René Avilés obtuve una negativa y debí desarrollar mi trabajo sobre otro destacado de las letras, pero conté con la mejor de las asesorías.

Aun me recuerdo nerviosa, caminando hacia él pensando que podía responderme que no tenía tiempo para tonterías como mi investigación, que hombres como él estaban llenos de actividades de tremenda importancia entre conferencias, viajes y reconocimientos, así como su incansable lucha por conseguir un espacio de tan sensible y relevante importancia como lo ha sido el Museo del Escritor o seguir dando vida a los suplementos culturales como fue en sus inicios la hoy revista cultural El Búho, de la cual él fue creador y director hasta esta mañana. Pero a él le gustaba la docencia, era amigo de sus alumnos y le gustaba impulsarlos, por lo que con encanto, me respondió que sería un placer asesorarme y estar presente en mi exposición final. Yo flotaba, y no bajé de ese estado ni un segundo como aún lo hago en las ocasiones en que hablo de esa etapa de mi vida o expreso de qué se trataba mi tesis, cuando hablo de ese tiempo; resalto un tanto engreída que conté con un asesor inigualable.

Su presencia, sus palabras, su aprobación y el apoyo que me expresó el día en que presenté mi trabajo de investigación fueron y han sido motivo muchas ocasiones en las que no he contado con mucho impulso para seguir escribiendo.

Ahora me llegan todo tipo de recuerdos, las clases lideradas por él con mis compañeros, las risas, la fuerte crítica política, sus anécdotas, los recorridos por los jardines y pasillos de la Universidad, su traje azul, el corto tiempo, mis visitas a la Fundación René Avilés Fabila, sus palabras de aliento, los agradecimientos en Bellas Artes, el vino tinto en Coyoacán, los libros que me regaló mi madre al conocer mi admiración por él y su firma en ellos.

No sé hasta aquí cuantas veces he llorado como tenía tiempo sin hacerlo al recordar lo anterior y más, pero saber que a la noticia que hoy ya está por todos lados no le seguirá una en la que se diga que lo publicado por distintos medios de comunicación ha sido un terrible error, duele.

Hoy, al llorar con mi madre al teléfono, recibí de ella, como siempre, sus palabras que intentan reconfortar mi alma y calmar mi aflicción.

-Sé que quieres estar aquí- me dijo- pero él está en ti y siempre lo estará y lo mejor que puedes hacer es escribirle todo lo que significó para ti.

Profesor, no cabe tanto aquí, y disculpe si en mi descuido he fallado al redactar este texto, pero es muy difícil escribir con los ojos llenos de lágrimas y un gran vacío. Le agradezco la enseñanza, las sonrisas, el tomarme del brazo y caminar por los pasillos de mi casa abierta al tiempo, el sembrar en muchos de nosotros la semilla que se cultiva sólo a través de la lectura y la escritura, para sensibilizar las almas pero endurecer la crítica ante una realidad que desencanta día a día. En muchos de nosotros, estoy segura, dejó las ganas de realizar cambios, de crear conciencias, de modificar la forma en que se realiza el periodismo y en que se percibe la novela, pero sobre todo, nos dio la inspiración para escribir y ser autores de verdades, delatores de injusticias y perceptivos de esta realidad que necesita humanizar a través del arte de las palabras.

Gracias infinitas por mostrarnos un camino, gracias por las batallas que realizó, gracias por ser usted en sus escritos como en persona, por ser auténtico, por ser un hombre de y para las letras. Gracias también -muy personales-, por motivarme, por ser esa imagen amiga y entrañable que hoy recuerdo más que nunca y de la que me engancharé de hoy en adelante para combatir mis propias luchas.

Tuve la fortuna, como muchos otros, de conocerlo, de convivir de cerca y admirar su vida y obra; y nada, hasta hoy, nada ha sido más grato que saberlo y reconocerlo como una gran influencia en mi vida.

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Descanse en paz, maestro de las letras, profesor y amigo René Avilés Fabila, su vida y obra le hace seguir con nosotros.

Con admiración y cariño eterno:

Alin Rivas.