Un fin a fin de mes.

   No le dije lo que mi corazón sentía, tan sólo mencioné lo que de mi alma desbordaba. No obtuve respuesta, como de costumbre, y fue precisamente la costumbre de sus silencios la que interpreté de cien maneras, todas ellas equívocas.Lo cierto es, que lo quise locamente, intensamente, pero él prefería la pasividad de sus días, sin sorpresas, sin arrebatos, sin desenfreno; mi amor le fue ajeno hasta ese momento en que le dije adiós. No comprendió palabra alguna, como tampoco entendió mis sentimientos.

Se quedó con su mundo, en su mundo, siempre de él. Yo, yo estoy bajo esta lluvia de lágrimas esperando que venga a mi la calma y después el sol.

Música para volar, y volver.

Sol, aire, mar, arena.

Cuerpos húmedos y salados, recostados sobre una sábana de mil colores, bebidas que aligeraban los sentidos, rayos que iluminaban en dorado el paisaje alrededor.
Tanta gente y todo es tan privado; la tranquilidad que se observaba invadió mi interior y me dejé ir mientras escuchaba la poesía de “música para volar”.

Cerré mis ojos y, en mis pensamientos, veía exactamente ese mismo momento. Fue mágico, sencillo, perfecto.