Placer/es/eres-fue, pero no seremos.

Placer/es/eres-fue, pero no seremos.

¿Por qué huyes? Le pregunte sin pronunciar ninguna palabra mientras él dormía a mi lado y yo contemplaba su sueño; quería saber qué evitaba, porque si de algo estaba segura es que ambos éramos fugitivos.

¿Sería que escapaba del amor? ¿O quizá del dolor que éste produce? No supe la respuesta pero estaba junto a él, tomando su mano que encajaba perfecto en la mía, enredando sus cabellos entre mis dedos, acariciando su cuerpo y contemplando cada rasgo, cada gesto y cada centímetro de su cuerpo. Nada disfrutaba más que amanecer aún embriagada de sus besos, aunque mareada así, debiera marcharme sin mencionar la danza que los cuerpos  desnudos interpretaron, uno sobre el otro, con el ritmo de los gemidos, de los suspiros, del deseo impronunciable pero sí manifestado por las horas anteriores a los primeros rayos del sol.

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Entre el espacio de un “Te quiero”

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Ella expresó todo el amor que sentía

y después, no volvió a pronunciar

una sola palabra.
El inquebrantable silencio

ahogó cada suspiro

y aminoró el ritmo de sus latidos.

-Estoy muriendo, yo lo sé-,

pensaba ella para sí, mientras dejaba ocurrir la vida

a cada paso que daba. -Estoy muriendo por dentro;

lo dice el frío de mi cuerpo que es interno,

y la falta de sus besos.

No estaba equivocada.

Su cuerpo andaba

pero ella estaba ya sin vida.

La ausencia del calor en su cuerpo

era sólo uno de los síntomas,

sus lágrimas brotaban, incontrolables,

secándola por dentro,

sus ojos viajaban perdidos de un lugar a otro

como quien no reconoce su entorno

y su rostro había dejado de expresar emoción alguna.

Estaba muriendo entre desaires y deseos,

entre ausencia y recuerdos,

entre lo blanco y lo negro;

entre el espacio de un “te quiero”.

 

Rompimiento. Fase II

Si tú eres feliz…

 

¡Hola!
– ¡Qué onda!
(Ella sube al auto) ¿Cómo estás? (Le planta un beso rápido en la mejilla, sin embargo  no deja de mirar sus labios) ¡Qué guapo!
(Él, se aparta rápido, ríe nervioso) -Bien, estoy igual…

Parece que nada ha cambiado y sin embargo no son los mismos; incluso las calles parecen estar conscientes de que esta vez son recorridas por esa pareja de manera distinta.

En el camino casi no se ven y mucho menos se tocan, pero se tratan con el mismo cariño. No hay presiones y mucho menos ánimos de discutir, hay amor, quizá más tierno que hace unos meses, porque ambos saben que no quieren perderse.

Llegan, conviven con terceros, se miran, sonríen. Los otros presentes los sienten igual, incluso, al desear saber de él se lo preguntan a ella, dando por hecho que existe una relación, y la hay; son amigos, cómplices, compañeros, son pasado, siendo presente y esperando ser futuro. No importa cómo, pero no quieren dejar de ser.

Llega el momento de despedirse; ella continúa platicando quién sabe qué cosas antes de percatarse que él ha apagado ya el auto y se ha bajado para abrirle la puerta.

(Él abre la puerta y le ayuda a bajar) ¡Gracias! Órale, mi nuevo vecino ha checado que…
– Oh, aquí traigo una bolsa con tus cosas…
Ah, si… ¡gracias!… Qué bonita bolsa eh…
-No tenía otra
(Silencio)

Bueno pues, gracias por acompañarme.
-No, de qué.
Se acercan. Otra vez un beso pero esta vez, un beso de despedida. Ella nuevamente al acercarse ve sus labios, que sabe no se tocarán porque no quiere que salgan heridos. Él besa dos veces su mejilla.

-Me dio gusto verte, verte bien
(Ella está por llorar) A mi también, verte bien, porque ¿estás bien, verdad?
-Si…
Bien.

Se abrazan, se quieren, están cerca y se alejan. Ella cruza su puerta. Él se va.