Un fin a fin de mes.

   No le dije lo que mi corazón sentía, tan sólo mencioné lo que de mi alma desbordaba. No obtuve respuesta, como de costumbre, y fue precisamente la costumbre de sus silencios la que interpreté de cien maneras, todas ellas equívocas.Lo cierto es, que lo quise locamente, intensamente, pero él prefería la pasividad de sus días, sin sorpresas, sin arrebatos, sin desenfreno; mi amor le fue ajeno hasta ese momento en que le dije adiós. No comprendió palabra alguna, como tampoco entendió mis sentimientos.

Se quedó con su mundo, en su mundo, siempre de él. Yo, yo estoy bajo esta lluvia de lágrimas esperando que venga a mi la calma y después el sol.

Nota a pie de página.

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Si usted me lo permite, lo llevaré conmigo al fin del mundo, más que como un amigo, más que un compañero, más que amante, aliado, cómplice o deseo; déjeme llevarlo como un recuerdo, que entre mis manos no se escape, que al exhalar no se disipe, que al abrir los ojos se quede dentro, que no se vaya nunca el sentimiento.

Si me lo permite yo no lo suelto, pero depende sólo de usted que no se acabe lo que hoy siento. Conviértase en mi recuerdo eterno, al que sin esfuerzo vuelvo, el que está presente en primavera o invierno, con el cual se me va el sueño, por el que morir un segundo suceda a cada momento si fuera de mi lo sospecho.

Vuélvase una y otra vez lo que añoro y conservo lejos y dentro de mi pecho; porque si usted no se hace mi recuerdo, yo no sé con quién llenaré de risas los ecos, vestiré de luna mi cuerpo y mojaré con lluvias las noches de encierro.

Entre el espacio de un “Te quiero”

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Ella expresó todo el amor que sentía

y después, no volvió a pronunciar

una sola palabra.
El inquebrantable silencio

ahogó cada suspiro

y aminoró el ritmo de sus latidos.

-Estoy muriendo, yo lo sé-,

pensaba ella para sí, mientras dejaba ocurrir la vida

a cada paso que daba. -Estoy muriendo por dentro;

lo dice el frío de mi cuerpo que es interno,

y la falta de sus besos.

No estaba equivocada.

Su cuerpo andaba

pero ella estaba ya sin vida.

La ausencia del calor en su cuerpo

era sólo uno de los síntomas,

sus lágrimas brotaban, incontrolables,

secándola por dentro,

sus ojos viajaban perdidos de un lugar a otro

como quien no reconoce su entorno

y su rostro había dejado de expresar emoción alguna.

Estaba muriendo entre desaires y deseos,

entre ausencia y recuerdos,

entre lo blanco y lo negro;

entre el espacio de un “te quiero”.

 

Taza de té

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Se desvanece todo, lo bueno y lo malo; entre lágrimas saladas que buscan calmar las ansias, sanar heridas, curar el alma.

Desaparece todo, lo oscuro y lo claro; entre tu sombra que me acompaña, entre la luz de tu mirada.

Se borra todo, lo dulce y lo amargo; tu calor en mis brazos, el adiós de tus pasos.

Se esfuman tus besos y mis versos, se evaporan tus abrazos y todo cae a pedazos; se pierde el eco de tu voz en mis adentros y la promesa de un amor eterno. Se disipan las huellas de tus manos que recorrieron mi cuerpo, se disuelve el tiempo que congelamos con recuerdos.

Se diluye la miel que endulza la taza de té de esta mañana de otoño, insulsa, fría, infinita… sin ti.

Rompimiento. Fase II

Si tú eres feliz…

 

¡Hola!
– ¡Qué onda!
(Ella sube al auto) ¿Cómo estás? (Le planta un beso rápido en la mejilla, sin embargo  no deja de mirar sus labios) ¡Qué guapo!
(Él, se aparta rápido, ríe nervioso) -Bien, estoy igual…

Parece que nada ha cambiado y sin embargo no son los mismos; incluso las calles parecen estar conscientes de que esta vez son recorridas por esa pareja de manera distinta.

En el camino casi no se ven y mucho menos se tocan, pero se tratan con el mismo cariño. No hay presiones y mucho menos ánimos de discutir, hay amor, quizá más tierno que hace unos meses, porque ambos saben que no quieren perderse.

Llegan, conviven con terceros, se miran, sonríen. Los otros presentes los sienten igual, incluso, al desear saber de él se lo preguntan a ella, dando por hecho que existe una relación, y la hay; son amigos, cómplices, compañeros, son pasado, siendo presente y esperando ser futuro. No importa cómo, pero no quieren dejar de ser.

Llega el momento de despedirse; ella continúa platicando quién sabe qué cosas antes de percatarse que él ha apagado ya el auto y se ha bajado para abrirle la puerta.

(Él abre la puerta y le ayuda a bajar) ¡Gracias! Órale, mi nuevo vecino ha checado que…
– Oh, aquí traigo una bolsa con tus cosas…
Ah, si… ¡gracias!… Qué bonita bolsa eh…
-No tenía otra
(Silencio)

Bueno pues, gracias por acompañarme.
-No, de qué.
Se acercan. Otra vez un beso pero esta vez, un beso de despedida. Ella nuevamente al acercarse ve sus labios, que sabe no se tocarán porque no quiere que salgan heridos. Él besa dos veces su mejilla.

-Me dio gusto verte, verte bien
(Ella está por llorar) A mi también, verte bien, porque ¿estás bien, verdad?
-Si…
Bien.

Se abrazan, se quieren, están cerca y se alejan. Ella cruza su puerta. Él se va.

Rompimiento. Fase I.

Otra vez hablé con él, no pude evitarlo, se siente raro. Los dos sabemos que aquel delgado hilo que nos unió, ahora son débiles hebras a punto de separarse por completo; y ahí estábamos, los dos, tratando con cariño las palabras que decimos sin decirnos “te amo”, sin dejar escapar un “te extraño” o susurrar tiernamente un “perdón”.

Creo que llegué al punto que creí imposible, ese donde dicen, las palabras no son suficientes. Mi costumbre por escribirlo todo, discutir, debatir y todo aquello donde gobierna la palabra no imaginó que hubiera un día en el que no encontrara una sola que le explicase que me duele tanto, muy, muy dentro, que hayamos dejado que se nos escapara del cuerpo todos los besos, el amor y el deseo. Entonces. hablamos de cualquier otra cosa, el clima, por ejemplo, le cuento que hace mucho calor por no decir que extraño su cuerpo o, que hace frío como un reproche de que no está conmigo.

Finalmente, como evitamos decir lo que en verdad queremos, nos despedimos rápido, con prisa para no dejar escapar el suspiro contenido donde se ahogan los sentimientos no expresados. “Cuídate”, una manera sutil de decir adiós sin pronunciarlo porque duele, pero ya no lo podemos evadir.

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Puntos suspensivos

Llegaste aquella noche y no quería arruinar las risas, pero el reloj corría sus horas y no tenía plan de callar más. Tomé un respiro y te dije:

Vamos a ser claros, a decirnos la verdad y dejar los puntos suspensivos para los escritos que no tienen final.

Dentro de lo nunca dicho, donde no se escribe el verso, donde no toca el tiempo, donde no fluye el viento, estás tú.
No entiendes mis palabras y te hablo entonces con miradas. Mis ojos te buscan y cuando se cruzan lo hacen por poco tiempo. No es que no me gusten tus ojos, es el temor a encontrar en ellos las respuestas que no quiero. No es que no quiera verlos, es que tengo miedo a decirte más de lo que quiero.

Pero es imposible, mis ojos te siguen cuando estás aquí o cuando te vas de mi.

Hay momentos de silencio que a tu lado ocurren en los que me impaciento; y de pronto no te veo, pero te siento a mi lado y me abrazo a tu cuerpo. Todo fluye. Quiero posarme ahí por un largo momento y no alejarme, sentir que ese tiempo son horas de la eternidad.

Entonces parpadeo; te has marchado y me quedo con el último beso. Abro mis ojos, no estás aquí,; apago la luz y te dibujo entonces con mis recuerdos, volviendo a mi.

Me quedé dormida, pero ahí también estás tú; dices cosas que al despertar olvido. Necesito mirarte otra vez, aún no te he expresado que te quiero, lo sospechas, lo sé, pero quiero decírselo a tus ojos.

Te quedas callado, eres bueno apartando tu mente de tu cuerpo; tus ojos no me ven, no lo han hecho en todo este tiempo, parece que te niegas a entender que lo que tengo para ti es inmenso. Quizá me has visto de reojo y en el sobresalto de tocar mis ojos con tus ojos te han tocado mis sentimientos.

Mírame por un largo tiempo, busca mis ojos como se busca el viento y hazme el amor como se hacen los sueños.

Entonces tú…