Yo elijo la locura.

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Entre la conciencia y la demencia, yo elijo la locura. La razón es más que clara: no hay razón.

Elijo enloquecer y perder el control de mis sentidos; estar de pie cuando todos descansen y correr cuando el mundo se haya detenido. La prefiero ante la conducta de una sociedad indispuesta a la movilización, decido creer en el pensamiento sin barreras por encima de la estática de lo limitado.

Escojo perderme entre los mares de palabras y figuras, sonidos, aromas y también estructuras, para romperlas y reconstruirlas a mi antojo, dudar de todo, hasta de lo que digo y entonces; quebrar de nuevo mi ser para comenzar una vez más a fabricar de lo que estoy hecho.

Me arriesgo a conocer todos los caminos del universo, soltarme a la vida como quien se sabe muerto, y abrazar la muerte para reconocer lo eterno.

Música para volar, y volver.

Sol, aire, mar, arena.

Cuerpos húmedos y salados, recostados sobre una sábana de mil colores, bebidas que aligeraban los sentidos, rayos que iluminaban en dorado el paisaje alrededor.
Tanta gente y todo es tan privado; la tranquilidad que se observaba invadió mi interior y me dejé ir mientras escuchaba la poesía de “música para volar”.

Cerré mis ojos y, en mis pensamientos, veía exactamente ese mismo momento. Fue mágico, sencillo, perfecto.