Tú, culpable. Yo, inocente.

Qué distinto sería que cada uno de nosotros tomara la parte responsiva de sus acciones, aceptar que las cosas no son como uno espera porque, en un punto, consciente o inconscientemente algo hicimos mal; ¿Por qué es tan difícil aceptar que no somos perfectos y por tanto, aceptar nuestros defectos?

Podría contar una, otra, y otra historia que muestre claramente lo anterior, pero estoy segura que todos tienen la suya, con sus diferentes versiones, claro esta. ¿Cómo dices?, ¿Que tú siempre aceptas tus errores?, ¿Que no te has equivocado? Si, bueno… por más que lo creas cierto, no lo es.
Todos nos contamos nuestra propia historia, nos apropiamos de ella como si fuera la verdad verdadera, cuando a solas sabemos que en realidad no ha sido así, pero nos hace sentir menos… ¡si!, culpables.

La falta de responsabilidad en nuestro actuar con nosotros mismos y con los demás nos lleva una y otra vez a justificarnos, a buscar los argumentos que hagan válida nuestra versión ante los otros, aunque existan momentos en los que develamos un grado (pequeño, mediano, pero nunca grande) de culpa ante tal o cual situación.

No creo que sea un problema que aqueje sólo a cierto tipo de sociedad, más bien, siento que en todos los círculos sociales nos han enseñado a delegar responsabilidades a terceros. Algunos lo matizarán, otros los señalarán cínicamente, como si ellos fueran los grandes jueces del universo que llegaron puros a la Tierra a mostrarnos el camino del buen actuar; pero ni unos ni otros, todos a solas no podemos callar la voz interna que nos murmura quedamente: Te equivocaste.

Entonces, si, todos somos culpables. Dejémonos de sentir mal, dejemos de ser las víctimas de todos, no lo somos. Poco a poco, aceptemos la parte que nos toca (y no más, tampoco somos mártires), y convezcámonos de una vez por todas que los errores y los daños formarán parte de nosotros hasta el último día que nuestros cuerpos transiten por las calles de la vida.

Rompimiento. Fase II

Si tú eres feliz…

 

¡Hola!
– ¡Qué onda!
(Ella sube al auto) ¿Cómo estás? (Le planta un beso rápido en la mejilla, sin embargo  no deja de mirar sus labios) ¡Qué guapo!
(Él, se aparta rápido, ríe nervioso) -Bien, estoy igual…

Parece que nada ha cambiado y sin embargo no son los mismos; incluso las calles parecen estar conscientes de que esta vez son recorridas por esa pareja de manera distinta.

En el camino casi no se ven y mucho menos se tocan, pero se tratan con el mismo cariño. No hay presiones y mucho menos ánimos de discutir, hay amor, quizá más tierno que hace unos meses, porque ambos saben que no quieren perderse.

Llegan, conviven con terceros, se miran, sonríen. Los otros presentes los sienten igual, incluso, al desear saber de él se lo preguntan a ella, dando por hecho que existe una relación, y la hay; son amigos, cómplices, compañeros, son pasado, siendo presente y esperando ser futuro. No importa cómo, pero no quieren dejar de ser.

Llega el momento de despedirse; ella continúa platicando quién sabe qué cosas antes de percatarse que él ha apagado ya el auto y se ha bajado para abrirle la puerta.

(Él abre la puerta y le ayuda a bajar) ¡Gracias! Órale, mi nuevo vecino ha checado que…
– Oh, aquí traigo una bolsa con tus cosas…
Ah, si… ¡gracias!… Qué bonita bolsa eh…
-No tenía otra
(Silencio)

Bueno pues, gracias por acompañarme.
-No, de qué.
Se acercan. Otra vez un beso pero esta vez, un beso de despedida. Ella nuevamente al acercarse ve sus labios, que sabe no se tocarán porque no quiere que salgan heridos. Él besa dos veces su mejilla.

-Me dio gusto verte, verte bien
(Ella está por llorar) A mi también, verte bien, porque ¿estás bien, verdad?
-Si…
Bien.

Se abrazan, se quieren, están cerca y se alejan. Ella cruza su puerta. Él se va.

La sincera hipocresía femenina.

¿Por qué será que entre las mujeres nos odiamos tanto? Pienso en esto más seguido de lo que parece y viene a mi mente el recuerdo de aquella reunión sincera: “De mujeres para mujeres”; tendrá casi dos años de aquella pequeña fiesta en la que, en su mayoría y como su nombre lo indicaba, los asistentes éramos mujeres, ¿Cuál era el fin? Terminar (al menos en ese pequeño grupo), con el estigma que cargamos de señalarnos entre nosotras como las grandes culpables del gran problema entre nuestro género: el hombre.

Pláticas, risas y reflexión nos llevaron a una conclusión: La inseguridad  de una mujer se veía reflejada en la seguridad de la otra, proyectando en ella una serie de términos moralistas que provocaban la repulsión de la misma, sin pensar que, el problema radica en una misma y en el otro (el hombre, el problema en cuestión).

En mi vida he tenido que lidiar con las falsas amistades femeninas, cuestión que termina por quebrar por completo las relaciones que, al final, me llevan a mantener únicamente las más sinceras, y por una u otra razón encontrar en los hombres a mis mejores amigos, por lo que he tenido que lidiar con las novias de los mismos que no comprenden que puede existir pura y meramente una relación de amistad entre hombre y mujer, no lo conciben; por lo tanto, llueven los comentarios entre los que destacan: puta, zorra, perra, fácil, (etc., etc., etc), sin siquiera sentarse un poco a analizar la situación real; ¿Qué pasa en mi que me lleva a juzgarla a ella?, ¿Qué hay de mi y de mi pareja, confío en ella o dudo de nuestra estabilidad? y por último, ¿Qué es lo que realmente me lleva a estallar en acusaciones sin fundamento contra alguien del mismo género? Y lo anterior sólo es el primer nivel.

Existen otros casos en los que pareciera que las mujeres nos esforzamos por desprestigiar, insultar y agredir (directa o indirectamente) a otras mujeres por el simple hecho de haber sido en algún punto de la vida pasada o en el presente, un ser significante del hombre al que dedicamos nuestros suspiros. ¿Por qué juzgar y criticar?, pero principalmente ¿Por qué existen este tipo de enemistad dentro de nuestro género?

Y en el peor de los casos se encuentra la sincera hipocresía, el acuerdo social que lleva a una mujer a convivir con otra que es nulamente de su agrado por alguna razón incomprensible (o sea, un hombre); de pronto cruzan como fuego comentarios hostiles disfrazados de bromas dulces y sutiles que, podrían pasar desapercibidos por los presentes de no ser, claro, que sólo hacen obviar el enojo y la falsa amistad de una hacia la otra, y (en ocasiones) viceversa.

Inseguridad a diferentes escalas puede ser una respuesta, pero pensar en la raíz del problema que responde cada una de las preguntas anteriores me aterra: El machismo femenino; así es, asombroso ¿No?. Es la única definición que encuentro al respecto y no es un disparate mío, lamentablemente tal término existe.

Se trata pues, de mujeres que contienen, fomentan y reproducen comentarios, “valores” y una “moral” impuesta desde el machismo, donde se desaprueban diferentes conductas poco aceptables ante sus constantes y acusadoras miradas sentenciadoras.

Entonces ¿Dónde queda la hermandad femenina? Lamentablemente, se queda en los pequeños círculos conscientes de que eso de la liberación femenina es de unas cuantas décadas atrás y que hoy nos corresponde disfrutarla y ejercerla como un derecho; se encuentra entre las mujeres que comprendemos que no somos rivales sino compañeras dentro de la misma lucha y, por tanto, es necesario trabajar a la par para conseguir dejar atrás las cadenas que arrastra nuestro género en la sociedad machista. Concebirnos al fin como mujeres, entendernos antes que juzgarnos y reunirnos para celebrarlo.

Rompimiento. Fase I.

Otra vez hablé con él, no pude evitarlo, se siente raro. Los dos sabemos que aquel delgado hilo que nos unió, ahora son débiles hebras a punto de separarse por completo; y ahí estábamos, los dos, tratando con cariño las palabras que decimos sin decirnos “te amo”, sin dejar escapar un “te extraño” o susurrar tiernamente un “perdón”.

Creo que llegué al punto que creí imposible, ese donde dicen, las palabras no son suficientes. Mi costumbre por escribirlo todo, discutir, debatir y todo aquello donde gobierna la palabra no imaginó que hubiera un día en el que no encontrara una sola que le explicase que me duele tanto, muy, muy dentro, que hayamos dejado que se nos escapara del cuerpo todos los besos, el amor y el deseo. Entonces. hablamos de cualquier otra cosa, el clima, por ejemplo, le cuento que hace mucho calor por no decir que extraño su cuerpo o, que hace frío como un reproche de que no está conmigo.

Finalmente, como evitamos decir lo que en verdad queremos, nos despedimos rápido, con prisa para no dejar escapar el suspiro contenido donde se ahogan los sentimientos no expresados. “Cuídate”, una manera sutil de decir adiós sin pronunciarlo porque duele, pero ya no lo podemos evadir.

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Recordatorio.

No hay nada peor que pensar que lo que tenías se mantendría así por siempre.

Hace un par de noches me disponía a escribir sobre la vida, los recuerdos, el pasado, las decisiones, las decepciones y, olvidé guardar el texto; se apagó la computadora, lo perdí todo.

Recuerdo cómo empezaba y sé cual era el hilo que ligaba su estructura, pero no podría repetirlo exactamente como lo redacté la primera ocasión, y de intentar hacerlo sólo prostituiría algunas frases que acomodaría en ese nuevo texto, pero no funcionaría, no sería el mismo sentido que le daba el impulso del primer escrito.

Entonces, decido escribir algo nuevo, pero no estoy segura de querer dejar atrás ese primer texto, el que perdí por despistada, al que no procuré guardar y al que me aventuré a escribir como escribo todo el tiempo; es como una inercia en mis dedos tecleando las letras que tengo en mi cabeza y que, al final, resulta una idea. Si continúo escribiendo la idea se hace un relato y si tengo suerte y no me aparto, puede resultar el fragmento de una historia, tuya, mía, inventada, deseada, compartida.

Debo cuidar mis textos como debo cuidar a las personas, o en el descuido puedo perder una gran historia.

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Puntos suspensivos

Llegaste aquella noche y no quería arruinar las risas, pero el reloj corría sus horas y no tenía plan de callar más. Tomé un respiro y te dije:

Vamos a ser claros, a decirnos la verdad y dejar los puntos suspensivos para los escritos que no tienen final.

Dentro de lo nunca dicho, donde no se escribe el verso, donde no toca el tiempo, donde no fluye el viento, estás tú.
No entiendes mis palabras y te hablo entonces con miradas. Mis ojos te buscan y cuando se cruzan lo hacen por poco tiempo. No es que no me gusten tus ojos, es el temor a encontrar en ellos las respuestas que no quiero. No es que no quiera verlos, es que tengo miedo a decirte más de lo que quiero.

Pero es imposible, mis ojos te siguen cuando estás aquí o cuando te vas de mi.

Hay momentos de silencio que a tu lado ocurren en los que me impaciento; y de pronto no te veo, pero te siento a mi lado y me abrazo a tu cuerpo. Todo fluye. Quiero posarme ahí por un largo momento y no alejarme, sentir que ese tiempo son horas de la eternidad.

Entonces parpadeo; te has marchado y me quedo con el último beso. Abro mis ojos, no estás aquí,; apago la luz y te dibujo entonces con mis recuerdos, volviendo a mi.

Me quedé dormida, pero ahí también estás tú; dices cosas que al despertar olvido. Necesito mirarte otra vez, aún no te he expresado que te quiero, lo sospechas, lo sé, pero quiero decírselo a tus ojos.

Te quedas callado, eres bueno apartando tu mente de tu cuerpo; tus ojos no me ven, no lo han hecho en todo este tiempo, parece que te niegas a entender que lo que tengo para ti es inmenso. Quizá me has visto de reojo y en el sobresalto de tocar mis ojos con tus ojos te han tocado mis sentimientos.

Mírame por un largo tiempo, busca mis ojos como se busca el viento y hazme el amor como se hacen los sueños.

Entonces tú…

Te escribo…

Te escribo (a ti) porque no encuentro otra forma de decirte esto que a veces pienso, que a veces sueño; y otras más grito.
 
No espero tu respuesta, esperar me aburre y el tiempo es tiempo, y se convierte en polvo cuando lo pierdo. No diré ya lo que bien sabes, lo que es obvio y lo que aún no digo. 
 
No ha sido cosa del destino o del azar que hayamos compartido entre una multitud de posibilidades, de lugares, de momentos; qué digo en el planeta, ¡en este país! en tu mundo y el mío; (y hasta aquí ya es decir mucho) tampoco ha sido casualidad, ni un plan, ni coincidencia…. fue una idea.
 
Una idea que cruzó por mi cabeza, un instante, una noche. Y luego juegos de palabras, de gestos y caricias; de lo que escuchamos, de lo que sentimos (o lo que siento). Y es que, olvidé apagarme el corazón y a veces me es difícil encontrar razones para desconectarlo por completo.
 
Por eso te escribo (otra vez a ti) por lo que no digo, por lo que sabes, y porque si no lo hago, te olvido.
 
Pero no siempre encuentro espacios, ni tiempo y en ocasiones ni motivos para seguir haciéndolo, porque creo en las respuestas y es difícil interpretarlas de los silencios.
 
Por eso no siempre te sigo; quizá sea más fácil mirar hacia el otro lado y encontrar otro camino, andar (que no es difícil) y encontrar el rumbo deseado, disfrutarlo.
 
Tal vez es tiempo de dejar de escribirte en mis pensamientos, en mis mañanas cuando despierto o por las noches cuando me acuesto. Dejar de escribirte (de nuevo a ti) cuando te recuerdo. Ya no escribirte por completo.
 
Pasar la página y comenzar de nuevo.