Apariciones

_DSC0396Eres el fantasma que ronda

por las calles donde transito,

el sueño en el que me refugio,

los lugares que visito.

Miro una vez y estás ahí,

al frente mío,

pero tan sólo parpadeo

y ya te has ido.

Estás tan presente y al mismo tiempo tan ausente,

que de pensarlo desvarío,

 

pues es tu fantasma,

el viejo recuerdo,

de tu huella en mi cuerpo,

de tu voz en el eco,

de mis días eternos

sin el sabor de tus besos.

 

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Lo que se va también se queda.

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El otro día -hoy, ayer, y el día antes de ayer- pensaba en las cosas que me hacen feliz, y lo mejor fue descubrir que no son cosas, sino actos, personas, momentos, recuerdos; instantes pequeños o fugaces que por muy insignificantes que parezcan, permanecen en una parte que no logro ubicar dentro de mi.
También pensaba en las formas en que buscamos esa felicidad, a veces sin importar mucho lo que se deja atrás para tenerla, sentirla, acariciarla en tiempos y poco a poco, con ternura, con entrega; porque cuando llega se sabe que hay que cuidarla, abrazarla, aunque se sepa que un día también se irá.
Y a pesar de que no permanezcan, la gente, los momentos, los instantes y los recuerdos; gracias, siempre gracias por ellos. Todos ellos.
Amemos, amemos un chingo sin importar lo malo en los otros, lo cruel del mundo, lo insoportable de existir y lo inevitable en sentir.

“Ella merecía más que un imbécil que era todo menos hombre; antes perro, buey y tigre viejo, pero prefirió aquello sólo porque sabía que eso me quemaría el corazón”

 

#RM.1

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Domingo, 8 de la mañana, sonaba el timbre de la entrada de Calzada de Tlalpan de los departamentos donde viví durante mi infancia.

Mi hermana y yo nos levantábamos de un brinco de nuestras camas y salíamos en pijama de casa. Bajábamos a toda velocidad -saltando de dos en dos los escalones, tomando algún barrote de las escaleras para hacer la hazaña de un brinco espectacular- para llegar antes que la otra a la puerta donde, encontraríamos a un hombre con rostro futurista, muy parecido al de casco de motocicleta, mismo que nos entregaría un paquete color negro. Quien llegara primero hasta él recibía de sus manos dicho paquete y aquél hombre se marchaba sin pronunciar palabra alguna -supongo que porque su lenguaje era totalmente desconocido-. Entonces regresábamos a casa, igual con prisa, subiendo a brincos las escaleras. Una vez ahí, quien recibió aquel envoltorio color negro se lo entregaría en las manos a mi padre, quien en ese momento se encontraba ya sentado en la sala gris, bebiendo café, mientras mi madre estaba en la cocina preparando el desayuno.

Mi padre entonces abriría cuidadosamente aquel envío y una vez que lo hacía sacaba de éste una revista con letras que me parecían conectadas entre sí, mismas que me han permitido identificar hasta hoy en día al semanario: Proceso.

A mi la política -en esos tiempos- no me interesaba, lo que esperaba ansiosa, era el momento en que mi padre dejaría de revisar la revista y entonces yo, la tomaba de la mesa de centro y me dirigía hasta la última página, donde aparecía el cómic de ‘Boogie, el aceitoso’.

Así pasaban mis domingos, hasta que un día, Boogie no figuró en la página última de la revista Proceso. Supongo que fue entonces que comencé a prestarle atención al resto del contenido, leyendo artículos o reportajes, observando los cartones que ilustraban los textos, siendo de a poco consciente de que ‘El aceitoso’ no regresaría, que el ex-presidente Carlos Salinas dejaba ver sus orejotas, pero escondía la cola que dejaría expuesta su condición de rata, que el PRI no era sinónimo de nuestra bandera, pero utilizaba bien sus colores para que una mayoría -pobre de conciencia- lo identificara como la suya; y que la vida, la historia y sus protagonistas y antagonistas necesitan de narradores que escriban, escriban mucho, con las características de una buena crítica, de esa que se prepara desde oficinas de otra galaxia, donde un hombre con rostro futurista, muy parecido al casco de motocicleta, tocaría al timbre, un domingo a las 8 de la mañana.

Placer/es/eres-fue, pero no seremos.

Placer/es/eres-fue, pero no seremos.

¿Por qué huyes? Le pregunte sin pronunciar ninguna palabra mientras él dormía a mi lado y yo contemplaba su sueño; quería saber qué evitaba, porque si de algo estaba segura es que ambos éramos fugitivos.

¿Sería que escapaba del amor? ¿O quizá del dolor que éste produce? No supe la respuesta pero estaba junto a él, tomando su mano que encajaba perfecto en la mía, enredando sus cabellos entre mis dedos, acariciando su cuerpo y contemplando cada rasgo, cada gesto y cada centímetro de su cuerpo. Nada disfrutaba más que amanecer aún embriagada de sus besos, aunque mareada así, debiera marcharme sin mencionar la danza que los cuerpos  desnudos interpretaron, uno sobre el otro, con el ritmo de los gemidos, de los suspiros, del deseo impronunciable pero sí manifestado por las horas anteriores a los primeros rayos del sol.

Vivas nos queremos.

Vivas nos queremos.

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En México, el luto nos ha vestido  todos los días.

Nos ha cubierto en tonos oscuros el cuerpo y el rostro, nos ha acercado al dolor ajeno, nos ha mostrado que la mujer, ahora más que en otros tiempos, necesita estar cercana a una igual, a muchas más; tomarnos de las manos, caminar por la ciudad exigiendo justicia, exigiendo libertad.

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#NiUnaMenos.

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Caminando sin camino (entre: éste no soy yo y el quién seré)

twDe deseos no se vive, mucho menos de placeres. Cuando se agota el alcohol que antes llenaba tu copa, se ve en el rostro la tristeza simulada por la débil sonrisa que dibujas, cubriendo el vacío que has dejado entrever cada que se pronuncia “salud” en tu nombre.

Quizá ha sido sólo percepción, pero parece que te sabes cansado de tu vida. La repetición infinita de la gente y los lugares, de las bromas, de las risas, las parejas y canciones. ¿Hasta cuándo? Te preguntas y respondes con la huida, fin de una época.

Has sido por tanto ese que no eres ni tú mismo, te has perdido entre el tú y ese otro que cada quien hemos querido ver. Ya no serás más aquel que nunca fue  el mismo pero tampoco cambio.

Los finales, son el difícil comenzar de ese algo que se ignora, pero son también un alivio merecido. El equipaje se va haciendo ligero cuando se dejan personas en ese andar que no se quiere atravesar de nuevo, basta una última fiesta, un último trago y hasta luego.

La incansable búsqueda del camino que nos corresponde se vislumbra imprecisa y borrosa, pero de nada se ha tenido mayor certeza que cuando se sabe uno mismo otra persona.